Viernes 28 de agosto de 2026
A 110 años del rescate del "Endurance" liderado por el Piloto Primero Luis Pardo Villalón, presentamos una crónica dividida en nueve capítulos que cuentan el origen y el desarrollo de una gesta que, para muchos, era imposible.
Hay encuentros que el azar une para siempre. El del Piloto Luis Pardo Villalón y el explorador Sir Ernest Shackleton duró apenas unas semanas, pero bastó para atarlos por la eternidad.
Uno era un modesto marino chileno del confín austral; el otro, la figura más célebre de la era heroica de la exploración polar. Después del 30 de agosto de 1916, sus vidas se separaron para tomar rumbos opuestos, y hasta sus muertes fueron dispares. Y, sin embargo, más de un siglo después, resulta imposible contar la historia de uno sin la del otro.
Dos hombres forjados por el mar
Ambos provenían del mismo mundo: el de la marina mercante. Shackleton, anglo-irlandés nacido en 1874, se había hecho Oficial en buques de vapor antes de entregarse por completo a la aventura antártica. Pardo, santiaguino nacido en 1882, se había formado en la Escuela de Pilotines para servir como piloto en los escampavías del extremo sur.
El destino los reunió cuando el explorador, tras el naufragio del “Endurance” y tres intentos fallidos de rescate, conoció en Puerto Stanley al piloto chileno que remolcaba la goleta “Emma”. Sus papeles eran complementarios y casi simétricos: Shackleton era el líder que había salvado a sus hombres del hielo pero no lograba llegar hasta ellos; Pardo sería quien, con una humilde escampavía, hiciera realidad lo que el propio jefe de la expedición no había podido.
La grandeza de uno necesitaba de la del otro.
Rumbos distintos tras el rescate
Consumada la hazaña y apagados los festejos, cada cual siguió su camino. Shackleton regresó a Europa convertido en leyenda viva: conferencista, escritor, héroe imperial, incapaz de apartar la mirada del sur. Pardo, en cambio, volvió a la discreción de su oficio. Ascendido a Piloto Primero, sirvió apenas tres años más y se acogió a retiro en 1919, aquejado ya de problemas respiratorios. Rechazó la cuantiosa recompensa británica y jamás buscó el protagonismo.
Mientras el nombre de Shackleton llenaba salones y titulares en todo el mundo, el del piloto chileno se replegó a la vida sencilla de quien considera que solo ha cumplido con su deber.
La diferencia esencial estuvo en el modo en que cada uno cargó con la pasión antártica. Para Shackleton fue una obsesión devoradora que definió y consumió su existencia: no podía vivir lejos del hielo. A fines de 1921 partió una vez más hacia el sur al frente de la Expedición Shackleton-Rowett, a bordo del “Quest” buscando nuevas empresas en un mundo que ya empezaba a dejar atrás la era de los grandes exploradores. Pardo, en cambio, tocó la Antártica una sola vez, de manera decisiva, y regresó a la tierra firme de su vida cotidiana. No volvió a los hielos. Su paso por el continente blanco fue un relámpago; el de Shackleton, una llama que ardió hasta el final.
Los desenlaces sellaron el contraste.
Finales dispares
El 5 de enero de 1922, apenas llegado a Georgia del Sur, Shackleton sufrió un ataque al corazón a bordo del “Quest” y murió a los 47 años en el umbral mismo de una de sus grandes gestas. Su viuda pidió por telégrafo que no lo trasladaran a Inglaterra, sino que reposara allí, en el cementerio de balleneros de Grytviken, cerca de la Antártica que tanto había amado. Murió, pues, abrazado a su pasión, y su tumba se convirtió en lugar de peregrinación.
Pardo tuvo un final muy distinto: el 21 de febrero de 1935, a los 52 años, falleció en Santiago —lejos de todo hielo— a causa de una bronconeumonía, en una sala de hospital y en relativa penumbra pública. Sus restos descansan en el Cementerio General, en el mausoleo familiar, junto a una inscripción que pide sencillamente que el Piloto descanse en paz.
El explorador murió en el escenario de su gloria; el rescatador, en el anonimato de su patria.
El contraste encierra una ironía profunda. Shackleton, que fracasó en casi todos los objetivos geográficos que se propuso, alcanzó una fama universal e imperecedera; Pardo, que logró exactamente aquello para lo que fue enviado, permaneció durante décadas en una discreta sombra fuera de Chile. La fama, se diría, no premió a quien más consiguió, sino a quien eligió la leyenda. Pero el tiempo ha ido corrigiendo ese desequilibrio: mientras la tumba de Grytviken recibe el homenaje de viajeros de todo el mundo, la figura del piloto chileno crece año a año, reivindicada como el héroe silencioso que hizo posible el final feliz de la historia más famosa de la Antártica.
Un vínculo que la muerte no rompió
Con todo, el lazo entre ambos sobrevivió a la separación e incluso a la muerte de Shackleton. Años después del rescate, el gobierno chileno nombró a Pardo Cónsul en Liverpool, el gran puerto inglés. Ya muerto el explorador inglés, el piloto mantuvo contacto con su viuda y con algunos de los náufragos que había salvado; incluso, llegó a asistir en Londres a la inauguración de la estatua erigida a Shackleton en la sede de la Royal Geographical Society.
Hay algo profundamente conmovedor en la imagen del marino chileno rindiendo homenaje, en tierra extranjera, al hombre cuyos compañeros habían arrancado del hielo. El rescatado y el rescatador siguieron unidos por una gratitud que ni el océano ni la muerte lograron borrar.
Indivisibles en la memoria antártica
Hoy, Pardo y Shackleton son personajes indivisibles.
En Punta Wild, sobre la roca de la isla Elefante, un mismo sitio conmemorativo recuerda a la vez a los hombres del “Endurance” y al Piloto que los rescató. En la cartografía chilena, las islas vecinas a Elefante llevan el nombre de Piloto Pardo, como si la geografía hubiera querido inscribir al chileno junto al escenario de la epopeya británica.
La historia del “Endurance” quedaría truncada sin el desenlace de la “Yelcho”, y la gesta de Pardo carecería de sentido sin la tragedia que vino a resolver. Juntos encarnan las dos caras de una misma épica: la del explorador que jamás abandonó a sus hombres y la del marino que cumplió la promesa de no regresar solo. Esa unión trascendente marcó, además, el nacimiento de la presencia chilena en el continente: el rescate de 1916 fue la primera acción del Estado de Chile en la Antártica.
En el Territorio Chileno Antártico, sus dos nombres siguen entrelazados, recordándonos que las mayores hazañas nacen, casi siempre, del encuentro entre quien pide auxilio y quien se atreve a darlo.