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Lunes 24 de agosto de 2026

A 110 años de un rescate imposible / Capítulo 6: La noticia que estremeció a Magallanes: la llegada de la “Yelcho”

A 110 años del rescate del "Endurance" liderado por el Piloto Primero Luis Pardo Villalón, presentamos una crónica dividida en nueve capítulos que cuentan el origen y el desarrollo de una gesta que, para muchos, era imposible.

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El rescate de los náufragos del “Endurance” se consumó en el silencio helado de la isla Elefante, lejos de todo testigo. Pero su eco estalló en Punta Arenas con una fuerza que la ciudad no olvidaría jamás.

Entre la mañana del domingo 3 de septiembre de 1916 y las horas que siguieron, la capital magallánica vivió una de las jornadas de emoción colectiva más intensas de su historia. La proeza de un piloto chileno y su escampavía se transformó, en cuestión de minutos, en una fiesta popular.

El aviso desde Río Seco

Todo comenzó con una llamada telefónica. 

Cuando la “Yelcho” fondeó engalanada en el muelle del frigorífico de Río Seco, Shackleton avisó a la Asociación Británica de Magallanes y al Gobernador de Magallanes, Fernando Edwards, que la misión había triunfado. La noticia corrió por la ciudad con velocidad de la pólvora. Se echaron a volar las campanas de las iglesias, sonaron las alarmas de incendio y la policía recorrió las calles pregonando que la escampavía regresaba con los 22 hombres a bordo. En pocos minutos, el rumor se convirtió en certeza y la certeza en júbilo. 

Nadie quería quedarse en casa: había que ir al muelle a recibir a los vencedores del hielo.

Que la primera noticia del triunfo llegara por teléfono desde una modesta caleta frigorífica tenía algo de simbólico. No hubo cañonazos ni proclamas oficiales anunciando la victoria: hubo una voz humana comunicando, sencillamente, que 22 hombres seguían vivos.

Desde Río Seco, la información se ramificó en todas direcciones a través de los pocos medios disponibles en 1916, y cada quien la transmitió al vecino con la urgencia de lo extraordinario. En una ciudad pequeña y comunicada de boca en boca, bastaron unos instantes para que la noticia llegara a todos los barrios, y para que las familias, en pleno domingo, abandonaran sus casas rumbo a la costa.


Una ciudad en vilo

Punta Arenas había seguido con angustia la suerte de aquella empresa. El ambiente marinero del puerto dudaba abiertamente que una vieja escampavía sin doble casco pudiera lograr lo que tres naves mejores no consiguieron.

Durante días, la ciudad convivió con el temor de una nueva tragedia. Por eso, cuando llegó la palabra «rescatados» la reacción no fue solo alegría, sino un alivio hondo, casi físico. La comunidad magallánica —chilenos, británicos, croatas, españoles y tantos otros que poblaban aquel puerto cosmopolita del fin del mundo— sintió como propio el triunfo.

La hazaña de Pardo le pertenecía a todos.


Ocho mil almas en el muelle

Ese domingo, la “Yelcho” hizo su ingreso triunfal al muelle principal de Punta Arenas. La esperaba una multitud calculada en unas ocho mil personas, una cifra colosal para una ciudad que entonces no llegaba a los veinte mil habitantes: prácticamente medio pueblo se había volcado a la costanera.

Los magallánicos se agolparon en las inmediaciones del muelle y en las calles vecinas para vitorear, aplaudir y celebrar. Las embarcaciones surtas en la bahía hicieron sonar sus pitos y sirenas; los pañuelos se agitaron desde cada rincón.

Sobre la cubierta de la pequeña escampavía, engalanada con banderas, se recortaron las figuras del Piloto Pardo, de Shackleton y de los náufragos, contemplando incrédulos aquel océano de gente que los aclamaba.

El contraste era sobrecogedor. Apenas cuatro días antes, esos mismos hombres habían despertado sobre las rocas heladas de la Isla Elefante sin certeza alguna de sobrevivir; ahora los envolvía el clamor de una ciudad festiva bajo el cielo del Estrecho.

Para los magallánicos, acostumbrados a la dureza del clima y a la soledad del confín, el regreso victorioso de la “Yelcho” era también una afirmación de identidad: desde ese puerto remoto, considerado por muchos el último rincón del mundo, había partido y regresado la nave que logró lo que las grandes potencias no pudieron.

El orgullo local se mezclaba con la emoción humana de ver a unos hombres arrancados literalmente de las garras de la muerte.


El desembarco de los náufragos

El desembarco fue un torrente de emoción. Los 22 hombres del “Endurance”, que apenas unos días antes malvivían entre focas y témpanos, pisaban ahora tierra civilizada envueltos en los abrazos de una ciudad entera.

La bienvenida se prolongó en la Plaza de Armas, corazón cívico de Punta Arenas, donde continuaron las aclamaciones. Se rindió homenaje tanto a los rescatados como a los rescatadores, aunque la figura serena del piloto chileno, poco dado al protagonismo, brillaba con luz propia entre el gentío.

El más frágil de los náufragos, el joven Blackborow, fue trasladado al hospital para ser operado de sus pies congelados; ahí, convertido en el regalón de las enfermeras, se repondría durante semanas antes de emprender el regreso a Inglaterra.


El eco al mundo

La celebración no se agotó en un día. Los náufragos y su líder permanecieron en Punta Arenas alrededor de 24 jornadas de festejos populares, homenajes y agasajos. Desde la ciudad partieron incontables telegramas hacia el resto de Chile y el extranjero, dando cuenta del rescate y de la recepción. La prensa local, incluido el periódico en lengua inglesa de la colonia británica, retrató la llegada de la “Yelcho” y a los hombres de Shackleton, y desde allí la noticia recorrió el mundo.

Lo que había nacido como una llamada telefónica desde una caleta frigorífica terminó convertido en un acontecimiento planetario. En esa jornada, Punta Arenas no solo recibió a 22 ingleses salvados de la muerte: reconoció que uno de los suyos, un Piloto de la Armada de Chile, acababa de escribir una página imborrable en la historia de los mares australes.

La resonancia fue todavía mayor por el momento en que ocurría. En 1916, Europa se desangraba en la Primera Guerra Mundial, y la noticia llegó como un raro rayo de esperanza en medio de tanta tragedia. La colonia británica de Magallanes, numerosa y próspera, vivió el desenlace con especial gratitud hacia Chile y hacia el piloto que había arriesgado su vida por sus compatriotas. Esa gratitud sellaría un vínculo que el tiempo no ha borrado: más de un siglo después, la memoria del rescate sigue uniendo a ambas naciones, y la recepción de aquel domingo austral se recuerda como el instante en que una pequeña ciudad del fin del mundo se supo, por un día, en el centro de la historia.