Viernes 21 de agosto de 2026
A 110 años del rescate del "Endurance" liderado por el Piloto Primero Luis Pardo Villalón, presentamos una crónica dividida en nueve capítulos que cuentan el origen y el desarrollo de una gesta que, para muchos, era imposible.
Tras cinco días de lucha contra el mar de Drake, la escampavía “Yelcho” alcanzó la costa de la isla Elefante en la mañana del 30 de agosto de 1916. Lo que ocurrió en las horas siguientes duró apenas un instante en la escala de la historia, pero cerró uno de los capítulos más dramáticos de la exploración polar.
En ese punto perdido del océano austral, 22 hombres llevaban cuatro meses y medio aguardando una ayuda que tres expediciones no habían logrado traer. La cuarta, la chilena, sí llegó.
La niebla que se abrió
La aproximación fue tensa. Una espesa niebla cubrió la isla y los témpanos acechaban la borda baja de la “Yelcho”. Hacia las 11:40, la bruma se abrió lo suficiente para que el campamento se distinguiera entre las rocas.
En tierra, los náufragos preparaban una magra comida de foca y pingüino cuando divisaron la silueta del pequeño vapor. Encendieron de inmediato una fogata para llamar la atención y corrieron hasta la orilla agitando cuanto tenían a mano. Después de tantos amaneceres de espera, la aparición de un barco chileno emergiendo de la niebla debió parecerles casi irreal.
Una hora contra el hielo
Luis Pardo sabía que no disponía de tiempo: la niebla podía cerrarse otra vez y el hielo estrechar el paso en cualquier momento. Fondeó con prudencia y despachó un bote a la playa en el que iba -ansioso por contar a sus hombres-Sir Ernest Shackleton. Desde la embarcación, el explorador preguntó a gritos si estaban todos bien. La respuesta de Frank Wild, que todos se hallaban a salvo, resonó como una liberación.
Con una eficiencia notable, en 60 minutos los 22 fueron embarcados por tandas y puestos en la “Yelcho”. Ni un solo hombre se perdió.
Con la última barcada asegurada, Pardo viró de inmediato hacia el norte, huyendo del hielo antes de que la trampa se cerrara.
A bordo, la escena fue de una alegría desbordada. Hombres que durante meses habían racionado cada bocado se sentaron por fin a una mesa con pan, café caliente y comida abundante; riendo y cantando como quien vuelve de entre los muertos.
Shackleton, que había cruzado él mismo el océano en un bote abierto y había fracasado tres veces en el intento de volver por los suyos, recorrió la cubierta cerciorándose uno por uno que su gente estaba completa. Para el explorador, aquella cuenta exacta —22 hombres, ninguno perdido— era la culminación de una obsesión que lo había consumido durante todo el invierno.
Cómo habían sobrevivido
La supervivencia de aquellos hombres había sido una hazaña en sí misma. Shackleton, al partir en el bote “James Caird” en busca de auxilio, dejó a Frank Wild al mando del grupo. Para protegerse del clima polar, los náufragos improvisaron un refugio al que llamaron con humor «la madriguera»: dos botes salvavidas invertidos —el “Dudley Docker” y el “Stancomb Wills”— montados sobre muros de piedra y cubiertos con lona. Allí, apiñados como sardinas, dormían los 22.
Se alimentaban de carne de foca y pingüino, y quemaban grasa para calentar y alumbrar. Wild sostuvo la moral con una disciplina férrea: cada mañana ordenaba recoger y estibar el campamento, repitiendo que ese podía ser el día en que «el jefe» volviera. El más castigado fue el joven polizón Perce Blackborow, de 21 años, a quien los médicos Macklin y McIlroy debieron amputar en la propia isla los dedos gangrenados de un pie.
Aquel mundo helado no se perdió en la memoria gracias a Frank Hurley, el fotógrafo oficial de la expedición, que era también uno de los 22 varados en la isla. Trabajando en condiciones extremas —revelando placas casi imposibles de lavar por el frío— y habiendo salvado del naufragio del “Endurance” una parte de su material, Hurley dejó un testimonio visual extraordinario: el retrato del grupo desharrapado a los tres meses de arribar, las imágenes de la madriguera y, sobre todo, el registro de la llegada de la “Yelcho” y del ansiado rescate.
Sus fotografías convirtieron una gesta remota en patrimonio de la humanidad, y son hoy la ventana por la que el mundo entero contempla aquel 30 de agosto.
El difícil regreso
El rescate no significó el fin del peligro. Cargada ahora con más del doble de su dotación, la “Yelcho” debía repetir la travesía sobre uno de los mares más traicioneros del planeta. Pardo optó por una ruta de regreso distinta a la de ida: puso rumbo al noreste, bordeando la costa atlántica de Tierra del Fuego para alcanzar la boca oriental del Estrecho de Magallanes. Fue una navegación exigente, entre el temor al hielo, la incertidumbre del tiempo y la responsabilidad de llevar a salvo a hombres exhaustos y enfermos. Solo al internarse por fin en las aguas conocidas del Estrecho la tripulación pudo sentir que lo peor había quedado atrás, y que el triunfo era ya una certeza.
Aquí volvió a pesar la formación de Pardo. El mismo hombre que durante años había abastecido faros y sondeado canales conocía cada resguardo, corriente y abrigo del laberinto austral. Condujo la nave con la serenidad del profesional, sin permitirse un descuido pese al agotamiento acumulado de casi una semana en mar abierto. Los náufragos, muchos con síntomas de escorbuto y quemaduras por frío, dependían por entero de la pericia de su Comandante chileno y de la resistencia de aquella máquina anticuada.
Cada milla ganada hacia el norte era una vida asegurada.
Río Seco: el aviso del triunfo
En la mañana del domingo 3 de septiembre de 1916, la pequeña escampavía, vistosamente engalanada, fondeó en el muelle del frigorífico de Río Seco, a pocos kilómetros de Punta Arenas. Desde aquel punto, aprovechando la línea telefónica del establecimiento, Shackleton comunicó personalmente la noticia a sus amigos de la Asociación Británica de Magallanes y al Gobernador Fernando Edwards.
Fue en esa caleta industrial, y no en el gran muelle, donde el mundo civilizado supo por primera vez que los 22 hombres de la isla Elefante estaban vivos y a salvo.
Pardo cumplió la promesa escrita a su padre: no regresaba solo. Desde Río Seco, la palabra «rescatados» voló hacia Punta Arenas y, minutos después, comenzaría a recorrer el planeta.