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Viernes 14 de agosto de 2026

A 110 años de un rescate imposible / Capítulo 4: El zarpe de la Yelcho: de Punta Arenas al mar de Drake

A 110 años del rescate del "Endurance" liderado por el Piloto Primero Luis Pardo Villalón, presentamos una crónica dividida en nueve capítulos que cuentan el origen y el desarrollo de una gesta que, para muchos, era imposible.

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Hay partidas que parecen condenadas antes de soltar amarras. La de la escampavía “Yelcho”, durante la madrugada del 25 de agosto de 1916, era una de ellas. En el ambiente marinero de Punta Arenas nadie apostaba por aquel viejo remolcador de acero, comprado por la Armada en 1908, de apenas 36,5 metros de eslora, sin doble casco ni calefacción ni telegrafía ni luz eléctrica; con una sola hélice y la proa sin refuerzo alguno para el hielo.

Otras tres naves, mejor pertrechadas, ya habían fracasado en el intento y, sin embargo, de ese muelle iba a partir la última esperanza de veintidós hombres olvidados por el mundo en la isla Elefante.


La medianoche del 25 de agosto

Fue a las doce y cuarto de la noche del viernes 25 de agosto cuando la “Yelcho” largó amarras desde el muelle de pasajeros de Punta Arenas. Pese a la hora y al frío del invierno austral, un gran número de personas concurrió a despedirla. 

La ciudad entera parecía intuir que algo grande, o irremediablemente trágico, estaba por ocurrir. A bordo iban Sir Ernest Shackleton y dos de sus hombres —Tom Crean y Frank Worsley—, y una tripulación chilena que se había ofrecido de manera voluntaria, embarcada, como se dijo entonces, «a la chilena»: con lo puesto. El propio Worsley dejaría escrito su asombro ante la pericia de aquellos marinos, a quienes tuvo por los mejores del mundo latino. En los rostros endurecidos de la dotación, según los cronistas de la época, se leía menos el temor que una serena certeza del triunfo.


El coraje es más fuerte que el destino

El zarpe no era una empresa privada, sino un acto del Estado de Chile. 

La misión subió por toda la línea de Mando de la Armada: el Director General, Vicealmirante Joaquín Muñoz Hurtado, había autorizado la operación, y la responsabilidad recayó en la máxima autoridad naval y marítima del Territorio de Magallanes, el Apostadero Naval, entonces al mando del Contralmirante Luis López. Era esa autoridad la que gobernaba el mar en el confín austral, la que administraba faros, señales y auxilios, y la que ahora despedía a su pequeña escampavía rumbo a lo desconocido.

En esa presencia institucional se cifraba el sentido profundo de la partida: no zarpaba un aventurero solitario, sino un marino de la Armada de Chile con el respaldo y el mandato de su país. Que la nave fuera humilde no rebajaba la dignidad de la misión, por el contrario, la agrandaba.

El adiós tuvo, además, un rasgo que la hace inolvidable. La tripulación que rodeaba a Pardo no había sido obligada a embarcarse: se ofreció por su propia voluntad. Eran, en buena parte, los mismos hombres de su antigua dotación; gente hecha a los canales y a los faros, que confiaba en su Comandante hasta el punto de seguirlo a un viaje que muchos, en tierra firme, tenían por suicida.

Verlos partir así, sin más equipaje que su coraje, conmovió incluso a los expedicionarios británicos, curtidos en el hielo del mar de Weddell. En el silencio de esa medianoche había algo que trascendía la escena: era la Armada de Chile, encarnada en un puñado de marinos anónimos, asumiendo por decisión propia una responsabilidad que otras naciones ya habían declinado.


La salida a la ferocidad

Dejada atrás Punta Arenas, Pardo instruyó la proa al sur por el Estrecho de Magallanes y tomó la ruta de los canales, el mismo laberinto de fiordos, angosturas y roqueríos que había aprendido a leer durante sus años de comisiones hidrográficas. Era un terreno que conocía, y esa familiaridad fue su primera ventaja.

Navegando con la pericia del hidrógrafo, condujo a la “Yelcho” hacia el canal Beagle, buscando la salida al océano por el extremo austral del continente. Cada milla ganada entre los canales era todavía terreno conocido; más allá comenzaba el vacío. Al desembocar del Beagle, la escampavía dejó atrás toda tierra protectora y quedó frente al umbral temido de todos los navegantes del hemisferio sur.


Bravío mar

El paso Drake no perdona. Entre el Cabo de Hornos y las Shetland del Sur se abre uno de los mares más violentos del planeta, donde los vientos giran sin freno alrededor del globo y el oleaje alcanza alturas que ninguna borda baja debería enfrentar. Internarse allí en pleno invierno antártico, con una nave concebida para remolcar cerca de la costa, era, en palabras de la época, una audacia rayana en la insensatez. 

La “Yelcho” no tenía radio para pedir auxilio ni recibirlo, tampoco luz eléctrica para las largas noches ni tenía calefacción contra el frío polar; inexistente era el doble casco que la protegiera del hielo. Solo tenía a Pardo, a su gente y a una máquina que debía resistir.

Fue entonces cuando la experiencia del piloto se transformó en estrategia. Lejos de embestir a ciegas, Pardo confió en la niebla y el mal tiempo como aliados: sabía que las brumas, temidas por otros, podían mantener el hielo más disperso y abrir un camino donde la mar despejada solo mostraba barreras. 

Avanzó sorteando témpanos, cegado a ratos por los bancos de niebla, gobernando la nave con el pulso de quien había pasado la vida midiendo márgenes imposibles. Durante cinco días, la pequeña escampavía sostuvo su rumbo sudeste hacia isla Elefante, cabeceando sobre un mar que parecía empeñado en tragársela.

A bordo, la travesía fue una prueba de resistencia tanto para la máquina como para los hombres. Sin calefacción, el frío calaba en los huesos; sin luz, las guardias nocturnas transcurrían casi a ciegas; la falta de un aparato telegráfico dejaba a la nave en el más absoluto de los silencios, incomunicada del mundo, sabiendo que si el mar la vencía nadie acudiría en su auxilio. Cada golpe de agua sobre la escueta borda era un recordatorio de la fragilidad del buque; cada crujido del casco, una apuesta contra el hielo. 

Que aquella máquina anticuada resistiera cinco jornadas de mar antártico fue, por sí sola, una hazaña de la voluntad, y el mérito no fue exclusivo del Comandante, sino también de los fogoneros y operadores que mantuvieron viva la caldera, cual hoguera se tratase, contra toda lógica.


Preámbulo del rescate

La travesía por el mar de Drake fue, en rigor, la verdadera batalla. El rescate en sí sería cosa de una hora. Tensa y feliz, una extraña sensación. Pero para llegar al momento impensado antes hubo que vencer al océano más hostil de la Tierra con la más frágil de las herramientas. 

El 30 de agosto de 1916, tras cinco días de navegación y de esquivar peligros de hielo, la “Yelcho” avistó por fin la costa de isla Elefante y, sobre ella, las figuras diminutas de los náufragos al límite de sus fuerzas. Lo que prosiguió pertenece a la historia de la gloria. Aunque conviene recordar que aquella gloria comenzó a medianoche en un muelle de Punta Arenas, cuando un marino despidió a una humilde escampavía y un piloto de la Armada de Chile puso proa al sur, dispuesto a no retornar solo.