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Jueves 6 de agosto de 2026

A 110 años de un rescate imposible / Capítulo 2: Cuando Chile respondió al hielo: la organización del rescate y la hazaña de la “Yelcho”

A 110 años del rescate del "Endurance" liderado por el Piloto Primero Luis Pardo Villalón, presentamos una crónica dividida en nueve capítulos que cuentan el origen y el desarrollo de una gesta que, para muchos, era imposible.

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El hielo había vencido a todos. Cuando Sir Ernest Shackleton llegó a Punta Arenas en el invierno austral de 1916, arrastraba tras de sí una cadena de fracasos que habrían quebrado a cualquier hombre. Tres expediciones de rescate habían zarpado ya en pos de los veintidós náufragos de la isla Elefante, y tres veces la banquisa las había rechazado. 

El ballenero “Southern Sky”, al mando del Capitán noruego Thom, debió retroceder ante el hielo compacto. El Instituto de Pesca N°. 1, facilitado por el Gobierno de Uruguay, tampoco logró romper el cerco. Y la goleta “Emma”, arrendada en Punta Arenas con las libras reunidas por la comunidad británica y magallánica, regresó derrotada por el temporal y las averías.

Dos intentos extranjeros y uno nacido en suelo chileno habían caído: parecía que ninguna nave humana podría llegar jamás hasta aquellos hombres.

La entrada de Chile a la historia

Shackleton, que representaba una empresa nacida bajo el estandarte del Imperio británico y de su Corona, no halló en las potencias del mundo la nave que necesitaba, sino en un país joven y austral del confín del Pacífico. En Punta Arenas presentó su solicitud formal a la Armada de Chile para que la escampavía “Yelcho” fuese en auxilio de su gente. Recordaba, además, que a su paso por las Falkland había conocido al Vicealmirante chileno Joaquín Muñoz Hurtado, entonces Director General de la Armada, y a él acudió confiado.

Inmediata y generosa fue la respuesta, como corresponde a un pueblo que ha hecho del mar su morada y del rescate su deber sagrado.

Las órdenes descendieron por la cadena de mando con la solemnidad de una empresa de Estado. El propio Presidente de la República, Juan Luis Sanfuentes, dispuso poner la nave al servicio del explorador, y su mensaje al Gobernador de Magallanes quedó grabado en la memoria austral: que se saludara a Sir Ernest Shackleton y se le dijera que quedaba a su disposición la escampavía “Yelcho”, para que el célebre explorador, a quien deseaba completo éxito, pudiera socorrer a sus valientes compañeros.

La Dirección General de la Armada instruyó al Apostadero Naval de Magallanes, bajo las órdenes del Contraalmirante López Salamanca, para que preparara el envío sin demora de una embarcación hacia las Shetland del Sur. 

La palabra del Mandatario se transformaba así en orden naval, y la orden naval, en esperanza.

Para organizar la empresa se constituyó en Punta Arenas una Comisión de Salvataje, dirigida por el gobierno y planificada por la Armada Nacional. Entre quienes la integraron figuró un joven Oficial de Ejército destinado al Batallón de Infantería Magallanes, el entonces Subteniente Ramón Cañas Montalva, que se desempeñó como secretario de aquella comisión. 

Mientras algunos especialistas vacilaban ante lo temerario de la misión y discutían la oportunidad de actuar, Cañas Montalva no tuvo dudas ni reservas: creyó firmemente en el deber de intentarlo. De aquella experiencia austral nacería en él una pasión antártica que marcaría el resto de su vida, hasta convertirlo, décadas más tarde, en uno de los grandes visionarios de la soberanía chilena en el continente helado.

La “Yelcho” como única opción

La nave elegida era, en apariencia, la menos indicada para semejante hazaña. La escampavía “Yelcho” fue construida en 1906 en los astilleros escoceses de Glasgow como un modesto remolcador a vapor. Medía apenas unos 36,5 metros de eslora por siete de manga, desplazaba cerca de 470 toneladas y su casco, de baja borda, no tenía refuerzo alguno para enfrentar los hielos ni un doble fondo que la protegiera; carecía de calefacción para resguardar a sus hombres del frío polar, de alumbrado eléctrico y de radiotelegrafía para pedir auxilio en caso de desastre. Su única fuerza era una caldera alimentada a carbón y, sobre todo, el temple de una tripulación dispuesta a desafiar lo imposible. 

Sobre esa cáscara de acero se embarcaron el coraje y el honor de toda una nación.

El Comandante titular de la “Yelcho”, el Piloto Francisco Miranda, se hallaba enfermo, y la peligrosidad de la travesía aconsejaba no imponer la misión a nadie: se llamó a voluntarios. Se ofreció entonces un Oficial que conocía bien aquellas aguas, pues había remolcado a la maltrecha goleta “Emma” desde las Falkland hasta Punta Arenas: el Piloto Segundo Luis Pardo Villalón. El 24 de agosto de 1916 fue designado para ir en busca de los ingleses, y a él se sumaron, apenas supieron del nombramiento de su jefe, hombres de su antigua dotación que no quisieron dejarlo partir solo.

Suyas son las palabras que resumen el alma de aquella hazaña: aunque la misión era difícil, arriesgada y llena de peligros, no vaciló en aceptar, porque era humanitaria y porque él era chileno.

La esperanza a la vista

El 25 de agosto de 1916, la pequeña “Yelcho” zarpó desde Punta Arenas hacia el corazón del invierno antártico, envuelta en la niebla y en la incertidumbre. Navegó a ciegas, sin radio que la guiara ni casco que la protegiera, fiando todo al ojo del piloto y a la pericia de sus fogoneros.

Cinco días después, el 30 de agosto, entre brumas que se abrieron de pronto como un presagio, la escampavía apareció frente a la isla Elefante. Los veintidós náufragos, que se preparaban para un almuerzo, la avistaron y estallaron en un clamor que había esperado 22 meses. En poco más de una hora, sin perder una sola vida, todos estuvieron a bordo, y el propio Shackleton, de pie en la cubierta, contó una a una las cabezas de sus hombres hasta cerciorarse de que no faltaba ninguno.

El 3 de septiembre la “Yelcho” regresó a Punta Arenas, y una multitud desbordada recibió como héroes al Piloto Pardo, a su tripulación y a los rescatados. Días más tarde, la nave fue aclamada en Valparaíso por la Escuadra Nacional en pleno, y Pardo, ascendido a Piloto Primero, recibió los honores de una patria conmovida. 

La hazaña recorrió el mundo en plena Primera Guerra Mundial: la prensa británica multiplicó las crónicas sobre aquella nave chilena diminuta que había conseguido lo que las demás naciones no pudieron: arrancar del hielo, sin una sola baja, a los hombres del “Endurance”. 

En esa proeza, que parecía imposible, quedó sellada, para siempre, la vocación antártica de un país bioceánico y tricontinental que, desde el fin del mundo, tendió su mano al mundo entero y escribió, con la humilde quilla de la “Yelcho”, uno de los capítulos más nobles de la historia polar.